Relación de nuestro proyecto con el “Desarrollo”

¿Cuál es la relación de nuestro proyecto con el “Desarrollo”?

Nuestro proyecto de entrada conlleva una noción de desarrollo. Es evidente que al plantearnos la posibilidad de desarrollar un trabajo de promoción del turismo en comunidades rurales estamos manejando ya cierta idea de desarrollo. Para nadie es un secreto que en nuestro país el turismo representa una cantidad importante de ingresos económicos y que el Estado se ha encargado de presentarlo como un sector económico indispensable en “nuestra ruta hacia el desarrollo”.

Ahora bien, desde el Estado se incentiva – prioritariamente – cierto tipo de turismo, sustentado por una particular forma de entender el desarrollo, claro está. Como explica Arce et al. (2007): “En 1982 el gobierno replanteó el modelo de crecimiento de la economía costarricense y en el lapso de meses el país pasó de enfocar su economía hacía afuera, mediante la promoción de las exportaciones y la búsqueda de nuevos mercados”. Lo cual fue el principio de firma de tratados de libre comercio y la atracción de inversión extranjera directa. En lo cual se destaca una Costa Rica que le da prioridad a imitar al extranjero, y por lo tanto, a someterse a las políticas culturales internacionales y su visión de desarrollo. También se reconoce un interés del país por la atracción de dólares e inversión de afuera. Para lo cual el turismo ha sido la técnica que utiliza para lograrlo. Vendiendo así su gran belleza natural y cultural como una trampa para foráneos adinerados que pueden contribuir con su crecimiento económico.

Nosotros no pretendemos alinearnos a la visión hegemónica de desarrollo. No creemos que el desarrollo de  un país o de una comunidad dependa de qué tanto sean capaces de consumir o producir las personas que allí habiten. Tampoco creemos hubiera “un único tren del desarrollo — el tren del crecimiento económico — que es la única fuente de vida, el inicio y el fin de la existencia” (Souza 2004) donde hay un lugar ideal al que hay que dirigirse inexorablemente, ni tampoco que sea la etapa última del “progreso de la humanidad”, como si algo así existiese y además fuese universalizable. No obstante, partimos de la premisa que sostiene que los humanos somos seres necesitados, tanto material como simbólicamente y, en virtud de ello, debemos de adaptarnos para satisfacer tales necesidades. También creemos que si bien la calidad de vida no depende de factores meramente económicos, ciertamente es complicado hablar de la misma en condiciones de necesidades básicas insatisfechas, tales como: mala nutrición, falta de abrigo, falta de vivienda digna, exclusión del sistema de salud, etc. Lamentablemente, es la noción hegemónica de desarrollo, es decir, su aplicación práctica (desde el modo de producción hasta el modelo de desarrollo) la que propicia este tipo de carencias, en lugar de remediarlas.

Nuestro proyecto busca contribuir a mejorar las condiciones de vida (sociales y económicas) de las comunidades implicadas, justamente en ese sentido es que puede enmarcarse dentro del desarrollo. No obstante, de ninguna manera queremos determinar qué es o qué no es vivir bien o vivir mejor, simplemente creemos que la satisfacción de la necesidades materiales básicas es condición necesaria – no suficiente – para un buen vivir. En otras palabras, la dimensión económica – aunque se quiera – no se puede dejar de lado. Por supuesto, hay formas mejores y formas peores de garantizarse la vida material, por ejemplo: la sobreexplotación de la naturaleza es una manera nefasta de conseguirlo.

“Cuando un individuo ‘obtiene un ingreso’, contribuye automáticamente a la producción. Obviamente, el sistema sólo funciona cuando los individuos tienen un motivo para dedicarse a la actividad de obtener ingresos. Los impulsos del hambre y de la ganancia – por separado y en conjunto- le proporcionan este motivo.” (Polanyi 1994).  Es a partir de esta idea que se enmarca a las festividades tradicionales dentro del modelo de Desarrollo Nacional. Las mismas están optando por resolver sus necesidades (hambre, abrigo, etc.) a partir de actividades culturales y la venta de productos, de las cuales se obtienen ingresos – dinero –, el cual corresponde a una determinada forma de producción que encaja dentro del modelo de desarrollo. Un modelo donde la producción de dinero es la única forma de participar en el mercado, y con ello, de satisfacer las necesidades para vivir (incluye no sólo necesidades fisiológicas, sino también necesidades sociales como lo es la adquisición de ciertos productos como la ropa).Es por todo esto que la única forma de lograr salirse de este ideal de desarrollo sería empezar a restablecer sus necesidades y con ello su forma de satisfacerlas. Así surgiría una nueva economía en donde el dinero y los bienes producidos por la cultura hegemónica dejan de ser necesarios para la supervivencia.

¿En qué sentido el turismo cultural podría enmarcarse dentro de un estilo de desarrollo alternativo?

Turismo cultural  es una rama del turismo que sólo existe cuando hay “planificación, evaluación de impacto ambiental, participación y beneficios para la comunidad local, reinversión en la conservación de los bienes naturales y culturales, y puesta en práctica de estrategias de interpretación ambiental” (UNESCO, 2008). Por lo tanto, es una rama del turismo que tiene como fin el beneficio social, cultural y económico de la comunidad partícipe, la protección de la cultura autóctona y de los monumentos que puedan existir en ella, así como educar y brindar información al turista – tanto extranjero como nacional – y fomentar a contribuir con el turismo cultural comunitario.

El fenómeno de la globalización – con su lógica economicista – tiende a la homogenización cultural. Para nadie es un secreto la influencia que recibimos en nuestro país del “american way of life” estadounidense, misma que, de una u otra manera, ha contribuido al debilitamiento de la propia cultura. Pues bien, en medio de un contexto tal, el turismo cultural podría contribuir al rescate y re-conocimiento de las propias tradiciones y costumbres, es decir, podría ser una vía para fortalecer la identidad cultural del país o la comunidad receptora de turistas. En ese sentido podría contribuir también, como en los casos que hemos decidido abordar, a la unidad de las comunidades en cuestión, así como a la promoción de la diversidad cultural tanto a lo interno de un país (provincias, cantones, distritos) como a nivel mundial.

En el mismo movimiento, el turismo cultural puede ser un factor de diversificación – no el único factor, ni el motor – de la actividad económica de una comunidad o país. El turismo es una actividad que activa muchas otras, por ejemplo el sector servicios: restaurantes, hoteles, mercados, etc. También puede incentivar la agricultura, como posiblemente ocurriría en el caso de las comunidades cartaginesas en las que deseamos incidir.

Por otro lado, la misma es – o debería serlo – ambientalmente sostenible, o al menos no es tan devastadora como cualquier actividad industrial. Cualquier país o comunidad que desee atraer turistas deberá preocuparse por preservar tanto sus recursos naturales como su patrimonio cultural, de ahí que de nuevo la actividad turística podría influir en el resto de las actividades económicas, por ejemplo: una comunidad agrícola puede llegar a ser turísticamente más atractiva en la medida que incorpore la agricultura orgánica en lugar de la tradicional.

Un ejemplo de turismo cultural es lo que realiza la comunidad de Tucurrique con la Feria del Pejibaye (Tico Index, 2009). Escogen una fruta para con ello realizar diferentes actividades con el fin de incentivar el conocimiento de los diversos alimentos derivados del pejibaye así como la venta de estos y otros productos tradicionales comunitarios, y así, producir ingresos para sustentar sus necesidades. De esta manera la comunidad no sólo satisface su diario vivir, sino que también contribuye a la diversificación de las actividades sociales y económicas del país con una actividad ambientalmente sostenible.

Así, el turismo cultural representa la posibilidad para pequeñas comunidades de diversificar sus actividades económicas sin – necesariamente – renunciar a su tradicional estilo de vida e identidad cultural. Empero, tampoco debe ser considerado como la panacea  para el desarrollo, ya que, como hemos señalado, no pretendemos alimentar la ilusión del desarrollo pregonada por las clases hegemónicas nacionales e internacionales. Es obvio que una estrategia de turismo cultural comunitaria es mucho más benigna que la estrategia de los mega complejos hoteleros promovida desde el Estado, pero no por ello deja de presentar problemas y riesgos para la comunidades. En el mismo movimiento que potencia el rescate de la identidad cultural, puede generar también un proceso de banalización de la cultura, en la medida que se le mercantiliza se puede volver un simple fetiche y así perder su valor per se, en tanto factor de unidad e identidad comunitaria, es decir, su verdadero significado.

¿Cómo lograr que esto no ocurra en nuestro caso?

Consideramos que la solución está en la misma comunidad para evitar la pérdida de significado de las actividades tradicionales y evitar su mercantilización absoluta. Ya que probablemente los turistas y externos a la actividad nunca van a entender su significado porque no viven en la comunidad ni cuentan con la misma historia y contexto cultural. Sin embargo, es la misma comunidad la que le dedica tiempo y la que recobra sus antepasados en la práctica de la festividad. A partir de esto, es la misma comunidad la que nunca debe de olvidar en su interior la razón de su vivir (la visión más realista del mundo humano), y con ello, no vivir exclusivamente para satisfacer necesidades impuestas por el desarrollo. Como escribe Polanyi (1994):

“Hemos sido reducidos a la impotencia por la herencia de una

economía de mercado que transmite concepciones simplistas

sobre la función y el papel del sistema económico en la sociedad.

Para superar la crisis debemos recobrar una visión más realista

del mundo humano y moldear nuestro intento común a la luz de

ese conocimiento”.


Bibliografía

 

  • Arce, Gilberto, Edgar Robles y Eduardo Lizano (2007).   Economía desde el trópico.  Un curso introductorio aplicado a Costa Rica.  Editorial Thomson.
  • Polanyi, Darl. (1994) “Nuestra obsoleta mentalidad de mercado”. Foro de Economía política – Teoría Económica. En: http://www.red-vertice.com/fep fecha de creación 15/09/2004 14:45
  • Souza, Jose (2004). “Pensar a Contracorriente”. Un epitafio para la “idea de desarrollo” por organizar la hipocresía y legitimar la injusticia.
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